El laberinto del llanto

 Para crear este personaje me he basado en la placa con forma de sol que se encuentra encima del corcho en la izquierda de la imagen y en el estandarte de la rosa.


Nombre del personaje: Maleigh de la Rosa.


Trasfondo: Maleigh de la Rosa, hijo del rey de un pequeño y antiguo reino entre las montañas del que casi no quedan registros, fue miembro de la guardia de la espina, una sección especial de los caballeros del reino. Estos dedicaban su vida a proteger la entrada al antiguo laberinto que se encuentra bajo la vieja capital del reino, Brumor, y la contención de aquello que habitaba sus oscuros y prohibidos túneles, mucho mas antiguos que la propia ciudad.  Los primogénitos de la dinasta de la Rosa eran instruidos desde pequeños para el cargo que tomaban a partir de los 20 años y, a diferencia del resto de la guardia, abandonaban posteriormente para tomar el trono tras el fallecimiento del rey para continuar el legado.

El peligro de lo que allí abajo se custodiaba era un secreto que solo los eruditos, la guardia de la espina y el rey conocían a través de leyendas antiguas transmitidas de generación en generación. Un dios antiguo del que no se recuerda el nombre y del que se dice que volvía locos a sus seguidores una vez lograban contactar con él, encerrado allí por reinos que desaparecieron hace siglos. Se le conocía como el sol amarillo, aquel que no debe ser observado.

El destino de Maleigh y del reino, como en muchas historias de antaño, se selló con la traición. No se conoce la identidad exacta de aquel que condeno a todo un pueblo, solo se sabe que fue uno de los eruditos. Una noche sin luna, el traidor descendió por el laberinto sin ser visto y frente a la más profunda de las oscuridades pronunció el nombre de aquel que las habitaba. Jamás se supo el porqué lo hizo. Todo el laberinto se iluminó al instante con una luz cegadora y llamas surgieron desde lo más profundo  hacía el exterior. La guardia de la espina, apostada junto a la entrada, no tuvo tiempo de reaccionar, su capitán Maleigh, joven heredero al trono, se había escabullido con su amante y todavía no había vuelto, dejando a sus hombres desprotegidos. La sangre de la familia real contenía todavía vestigios de el poder de las razas antiguas, se creía que era la última defensa contra el terror que dormitaba bajo la ciudad. Cuando la luz alcanzo los rostros de la guardia, estos ya habían muerto.

Maleigh regresaba a su puesto, cuando quedó cegado por la luz amarilla, sintió como si su cuerpo fuese invadido por mil soles y los gritos de aquellos que en el pasado observaron al sol amarillo inundaron su cabeza. Cerró los ojos con fuerza pero el viejo dios, debilitado por su tiempo en la penumbra, se apoderó de su cuerpo. Maleigh, por un instante, pudo ver a cada habitante de Brumor, conocer todo de su vida, sentir cada momento de ella. Los gritos cesaron por un instante, entonces abrió los ojos. La oscura noche sin luna encontró un sol para sustituirla. Las sombras desaparecieron de la capital de aquel pequeño y viejo reino, por un instante pareció que la mañana había llegado. Dos llamaradas retorcidas salieron de los ojos del joven príncipe, fundiendo la visera de su casco y atravesando a cada habitante de la ciudad. Personas y edificios quedaron reducidas a sombras impresas en el suelo. En un segundo Brumor desapareció.

Maleigh vio desaparecer todo y se tapó los ojos intentando detener el horror. Dos tallos de rosa repletos de espinas surgieron de sus palmas atravesando sus ojos y sellando a la deidad en su interior. Su grito de dolor y desesperación retumbo en el valle, ahora desierto. Los gritos y el calor volvieron, los bordes de la armadura del príncipe se tornaron naranjas por la elevada temperatura. Maleigh sin embargo no podía morir, el dios lo necesitaba y por ello lo mantenía con vida, era demasiado inestable como para existir sin un huésped en el que habitar e incapaz de tomar el control debido a la sangre antigua que recorría las venas del joven. Maleigh calló al suelo de rodillas y de su cuerpo empezaron a brotar mas tallos espinosos que lo aferraban al suelo. El dolor y las voces en su cabeza eran algo que ningún mortal sería capaz de soportar, el deseo de separar sus manos de su rostro era enorme pero sabía que no podía, ya le había fallado a su gente, no podía fallar a nadie más, la culpa le carcomía.  Así que solo le quedó llorar, dos hilos de sangre surgieron de debajo de sus palmas y resbalaron hacía su barbilla. 

Allí se quedó por trescientos años, inmóvil, rodeado de un rosal repleto de púas que brotaba de su sangre y se extendía por kilómetros, ocultándole al mundo sin que él lo supiese, incapaz de morir y negándose a separar las manos de su rostro y liberar al terror amarillo pese al sufrimiento que eso le causaba. Lo único que indicaba que estaba vivo era su llanto.

Motivaciones: Contener al sol amarillo/hacer un pacto con él, mantener algo de cordura, que alguien lo encuentre y le ayude, la culpa por haber fallado a su gente + escucha sus gritos en su cabeza.

Arco de personaje: 300 años después del día del sol amarillo, que así es como se recuerda al momento en que Brumor desapareció misteriosamente, un grupo de hechiceros de un poderoso reino consiguen atravesar el campo de rosas en busca de un olvidado dios antiguo que según las leyendas se encuentra allí. Este sitio se creía maldito pues el sonido de un llanto desesperado inundaba todo el valle.  En ese lugar encontraran a Maleigh, arrodillado, recubierto de espinas y con las manos sobre su casco chamuscado. Tras conseguir contener al dios y confinarlo temporalmente, retiran las manos del rostro del hombre, revelando las huellas de estas en su casco de metal, ahora prácticamente fusionado con la cabeza del que fue príncipe de un pequeño reino hace mucho mucho tiempo.

Se lo llevan al reino para intentar extraer al ser que porta en su interior. Los gritos de su interior y el calor han cesado gracias al hechizo, ahora el dios conversa con Maleigh. Lo que antes eran ruidos que buscaban arrasar con su cordura ahora son palabras claras que susurran en su interior. 

Tras convencer a los hechiceros del mal que puede hacer el dios de su interior, Maleigh es enviado junto a un grupo de guerreros a una mazmorra que se extiende cientos de kilómetros en el subsuelo, muy similar a la que custodió hace años pero repleto de seres que no están hechos para el ojo humano, aberraciones de lo profundo, vestigios del mundo antiguo. Allí intentará redimir su culpa por haber fallado a sus compañeros siglos atrás y se pondrá en peligro por ellos en numerosas ocasiones, Maleigh es inmortal, pero cada vez que recibe una herida letal, el sol amarillo de su interior come terreno al hechizo y juega con su cordura, teniendo que lidiar siempre con una estabilidad mental en declive.

Al final, Maleigh se sacrificará en un ritual en lo profundo de aquella fría y oscura mazmorra, salvando a sus compañeros y a los reinos del gran mal amarillo, encontrando un poco de paz en su corazón antes de abrazar por fin la tan deseada muerte.



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